viernes, 7 de noviembre de 2008

(Perder)

El siguiente libro que estaba en mi lista era El Hotel New Hampshire, de John Irving, un libro que también ya había leído. Nuevamente dudé, aunque menos, acerca de si debía volver a leerlo, o saltearlo y entregarme a alguna novedad. No tenía fuerza para tomar decisiones, así que seguí el cronograma como si fuera la receta de un médico experto.

Apenas leí las primeras dos páginas entré en un estado de pánico que no me permitió ni siquiera llorar. No tenía aire para llorar. Por un momento creí que estaba sufriendo un ataque cardíaco, pero iba a averiguar muy pronto que morir nunca es tan fácil. Recordé de pronto que en este libro se moría un niño, un niño de la edad del mio, también en un accidente. Claro que el niño del libro, Egg, moría en un accidente de avión, y el mío había muerto en la ruta, y, diferencia fundamental, su madre había muerto con él. Y yo seguía viva.

Después de un primer tiempo durante el cual trate de explicarme el accidente, de buscar en mis recuerdos alguna explicación, alguna pista que me permitiera entender la fatalidad, dejé abruptamente de referirme a él. Al principio lo contaba una y otra vez. Lo contaba a quienes venían a verme en el hospital, lo contaba a las enfermeras, me lo contaba a mí misma cuando por fin me quedaba sola. Siempre que llegaba a la parte en que mi hijo gritaba "mami mami mami mami", entraba en una crisis de llanto que requería la administración de un barbitúrico para calmarme. Ahora, mientras recorría las páginas de este libro, experimentaba una suerte de pensamiento doble. Por un lado, las palabras que leía caminaban su camino a un ritmo relativamente rápido y, por el otro, las imágenes del accidente pasaban con una lentitud lacerante. No podía hacer nada para evitarlo y llegué a pensar que mi método de leer para abstraerme de mi dolor estaba fallando. Sin embargo era la primera vez que podía recordar sin caer en el profundo pozo de la impotencia o, para ser más precisa, por primera vez el recuerdo podía pasar através de mí. Algo como un dejo de resignación empezaba a asomar. Como si viera un film con el objeto de analizar las razones, o los errores. Como si fuera un agente de la compañia de seguros que quisiera verificar si la responsabilidad habría sido del conductor o de la máquina, veía pasar las imágenes en mi mente. El truco parecía estar, según descubrí, en no dejar de leer.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy buena la contraposicion de un libro con una historia real, algo q pocas ficciones logran fundir, este recurso vincula dos realidades en la q una le permite un escape a la otra. Me hizo acordar al cuento... de un escritor... llamado julio